Carlos Morago: El Arquitecto de la Luz CONTENIDA

Para entender la relevancia de esta exposición, hay que entender quién está detrás de las tablas pintadas al óleo de la exposición.
Carlos nació en Madrid, en 1954 y no sólo es un pintor, también es académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla y un referente imprescindible en el realismo español. Formado con el mayor rigor técnico y académico. Ha sabido crear un lenguaje propio, de incalculable belleza, con un cromatismo quebrado y motivos “sencillos y mundanos”, de aparente soledad, silencio, paz e introspección de quietud absoluta. Se trata de una figura de culto para coleccionistas y artistas emergentes. Representa un grito de rebeldía reivindicativa de la pintura pausada, de oficio, frente a la velocidad del arte digital y conceptual. Morago será recordado como el pintor que sustrajo la atmósfera del objeto, de los espacios “sin nadie”.
¿Por qué en Ansorena?
Que Morago exponga en Ansorena es una declaración de intenciones. Fundada en 1845, Ansorena no es solo una galería; es una de las casas de subastas y salas de arte con más solera de Madrid.
Exponer en Ansorena está reservado para unos pocos. Exige una maestría técnica que no admite errores. Tanto el artista como la galería suponen un binomio de prestigio y exclusividad. Morago expone para confirmar su estatus en el templo del arte más exigente de la capital.



“Al abrir la puerta de Ansorena, nos encontramos en el templo y la nobleza del óleo sobre tabla, en formatos contenidos que invitan a una observación íntima”.
Su dominio técnico supone un himno a la paleta quebrada. Huye del cromatismo saturado y luminoso, buscando y encontrando una infinitud de grises matizados, que dominan la temperatura fría en compás con ligeros ocres y tierras. Usa los colores complementarios con una sutileza contenida que define su inconfundible estilo. En cuanto a sus motivos y la forma en la que están compuestos en la tabla, la mayoría en formatos medianos o pequeños, inmediatamente escuchamos una sonoridad particular: la del silencio absoluto que emana de ellos.



Al cruzar el umbral de Ansorena, -venimos de un ruido visual constante-, la obra de Morago actúa como un filtro ante el estrépito exterior, que nos obliga a detenernos y bajar el volumen en un ejercicio de introspección, transformando la inercia del ruido cotidiano en una quietud profunda y reparadora.
Carlos Morago utiliza magistralmente la división de la tabla en planos, utilizando las distintas masas, creando composiciones casi perfectas, de rectángulos y líneas, con las ventanas y persianas medio abiertas, huellas de la ausencia de figuras humanas, que eleva la obra a algo casi espiritual. Es aquí donde su dominio técnico se revela en toda su plenitud.
Su paleta es un himno a los colores quebrados; huye del tono puro para sumergirse en una infinita variedad de grises matizados, marfiles y verdes atmosféricos que dotan a sus escenas de un silencio casi metafísico. Aunque domina la temperatura fría, Morago introduce sutiles acentos cálidos (ocres, tierras y el rojo controlado de una rosa) que funcionan como anclas visuales. El uso de los complementarios es sutil y contenido, logrando que verdes y rojos, o azules y ocres, dialoguen en una armonía apagada que define su inconfundible estilo.



La atmósfera general de la exposición es fría, lo que contribuye a esa sensación de silencio, distancia y atemporalidad. Dominan los grises azulados, los verdes apagados (como el verde vejiga quebrado), los azules cerúleos y los blancos aocreados. Estos colores “alejan” al espectador, creando una barrera de respeto y contemplación.

“En la paleta de Morago, el gris no es ausencia de color, sino la suma de todos los silencios”
Los colores Cálidos funcionan como acentos, no como protagonistas.
Son los ocres de una persiana a medio bajar, los siena tostados de unas macetas o, de manera más evidente, el rojo carmín de una rosa.




Morago aprovecha la superficie lisa de la tabla para aplicar capas finas de óleo (veladuras), lo que crea esa sensación de profundidad atmosférica. La pincelada es casi invisible en las zonas de cielo o muros grandes, fundiéndose con el soporte. Esto hace que sus edificios parezcan inmateriales, hechos de pura luz y aire.

Juan José P. Ronquillo, pintor, escritor y diseñador


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